Dieta
Tw (advertencia de contenido): gordofobia, restricción de comida
Tenía doce años cuando me di cuenta que era gorde. Estaba en el receso comiendo con mis amigas cuando se me acercó un niño de mi clase y me dijo –Si me dices cuanto pesas, esos chicos me van a dar veinte dólares y los comparto contigo.
Una impotencia extraña me invadió, una que nunca había sentido antes. Le dije que no y el niño insistió. Mis amigas lo echaron. Ese fue el día que empecé a notarlos, los comentarios. Lo curioso es que las mismas personas que me defendieron de la intrusión de ese chico empezaron a hacerme saber que mi cuerpo estaba mal tan solo unos meses después.
La adolescencia es una tormenta que destruye el autoestima, en especial para personas gordas. Tu cuerpo crece, como debería hacerlo, a pesar de que el mundo parece prohibirlo. Cada que subía una talla, recibía un regaño. Cada que entraba a probarme a ropa en una tienda, hacía todo lo posible para reprimir los llantos que tanto quería gritar. Cada que veía una nueva moda, me ponía a pensar si me la podía poner o si iba a exponer demasiado mi panza. Es irreal definir cómo te presentas hacia el mundo basado en una parte incontrolable de tu cuerpo. No es porque no te quede un estilo o no te guste, sino porque resaltar lo que todas las personas te ruegan que escondas te volvía sujeto de burlas.
Recuerdo ver a mis compañeras haciendo una nueva dieta cada semana. Traían licuados verdes a clase, hablando de como esa iba a ser su única comida en todo el día. Conocí a una chica en un campamento que vi comer muy poco y mencionó como para ella era normal desmayarse por no permitirse comer. No voy a fingir ser mejor que estas chicas porque la violencia estética es poderosa. Fuimos todes víctimas. Pero también lo que más recuerdo era esta indecisión de mi parte. Sabía que había algo malo con limitar tu alimentación a ese grado. Ya lo había visto en muchas películas y series y hasta nos habían hablado un par de veces en clase sobre eso, pero aun así lo deseaba.
Tenía miedo de empezar una dieta porque temía que me iba a gustar tanto estar delgade, que no iba a poder parar. Que mi deseo de ser aceptade, de sentirme bonite por primera vez en mi vida, me iba a consumir.
A los diecinueve años, al fin empecé a hacer dieta. Fui con una nutrióloga porque ya me habían insistido demasiado, y a pesar de que entiendo que la recomendación era para mejorar mi salud, “salud” y “peso” ya se habían conflictuado tanto en mi cabeza que no podía diferenciarlo.
Era un juego de números. Come este calendario de comida, haz estos ejercicios y al final calculamos qué tanto bajaste de peso, y qué tanto subiste de músculo. No recuerdo la primera consulta. No sé si fui yo o mi mamá o la nutrióloga quien decidió que mi meta principal iba a ser bajar de peso, de manera controlada, claro, pero no podíamos trabajar en otro objetivo que hasta que bajara de peso.
El mundo me empezó a tratar diferente cuando mis pantalones ya me quedaban muy grandes. Me notaban de una manera distinta. Amaba los cumplidos que recibía casi diario. Me decían que me veía bien, que se me acomodaba mejor la ropa, que estaba mejorando. A pesar de que no quería admitirlo, yo también pensaba que mi cuerpo solo valía si era flaco. Si era pequeño. Y me gustaban los privilegios que venían con ser delgade. Podía ir a las tiendas a comprar ropa de mi talla facilmente. Me decían que era tan bonita como las chicas de mi clase. No me angustiaba tomarme fotos. Sí, algunas cosas fueron mejores, pero cómo lo sufrí.
Tal vez es pecado que una persona gorda diga que le gusta comer, pero me encanta comer. Me encanta la crema de calabaza de mi abuelita paterna y el espaguetti con crema que me hacía en mi cumpleaños mi abuelita materna. Adoro los tacos al pastor con salsa verde y la zanahoria rallada con limón. Y cómo me gusta el chocolate y el jugo de naranja y la toronja y la lechuga y las uvas. La pierna de navidad, los pasteles de cumpleaños, las carnes bien marinadas, la jícama explotando con agua en la boca. Me encanta la comida. Es uno de los grandes placeres de la vida.
Y de un día a otro, me lo quitaron.
Sentía que los días eran sepia. Sí, sabía que estaba haciendo lo correcto, o por lo menos todo mundo me decía que era lo correcto, pero algo no estaba bien. A pesar de que siempre me ha emocionado la comida, nunca había sido tan obsesive sobre ello como cuando estuve a dieta. Tenía una comida libre a la semana, solo una oportunidad para regresar esos colores a mi cotidianidad, y me pasaba toda la semana pensando en qué iba a comer, cuál iba a ser la experiencia que quería vivir una vez más. Y no, no me hacía apreciarla más, me hacía obsesionarme con ella.
Lo peor era que unos meses antes de dejar la dieta, cuando me abrieron más las opciones de comida, dejé de bajar de peso y empecé a subir otra vez. Me sentía una decepción, y la nutrióloga me decía que algo estaba haciendo mal. A pesar de que hacía cuentas mentales para ver cuánto me faltaba bajar para ser del peso de las chicas en los concursos de modelaje, me sentía demasiado gorde.
Eventualmente, dejé la dieta. Tomó el temblor del 2017 para que dejáramos de ir y en poco tiempo, recuperé el peso. Actualmente se cree que 80% a 95% de las personas que hacen dieta recuperan el peso. Me había dado por vencide. Ya no quería estar sufriendo con pensar qué como y cuánto como y regañarme mentalmente si comía algo más o algo menos o algo distinto. No quería estar obsesivamente viéndome al espejo, deseando ser más delgade de lo que ya era.
Tal vez cuando tenía menos peso, me sentía mejor de salud. En verdad, no lo recuerdo. Lo único que recuerdo fue el peso de mi ansiedad y lo invisible que era para el mundo. Era muy infeliz. Cuando le dije esto a una amiga, ella me contestó –Sí, yo también lo noté.
El momento en el que sí recuerdo que me sentía fuerte y saludable fue muchos meses después cuando empecé a hacer body pump. No se me quitaba la idea de que una vida saludable debía tener como efecto bajar de peso, porque comía bien, comía a mis horas y además hacía este ejercicio que me hacía sentir poderose y desarrollé bastante músculo. Me sentía increíble, pero no bajaba de peso, por lo menos no como lo hice con la dieta. No se me caían los pantalones y los vestidos me quedaban igual de apretados. No entendía qué pasaba que no bajaba de peso, pero eventualmente, me dejó de importar.
Nadie comentaba de lo bien que me veía ya. ¿Por qué lo harían? Regresé a ser una persona gorda. También regresé a ser una persona feliz.
No fue bajar peso lo que al fin me hizo sentirme hermose. Fue cortarme el cabello. Toda mi vida me habían dicho que no podía cortarme el cabello demasiado corto. Mi cara era redonda, gorda y que con cabello largo se me iba a ver más delgada. Así que por menos que lo parezca, cortarme el cabello me hizo enfrentar mi gordura. Y por primera vez me sentí belle.
No voy a fingir que ya no me paro en frente del espejo y pienso en cómo me vería si fuera una persona flaca. Tengo mucha gordofobia internalizada. Intento trabajar en ella diario porque me merezco amor de mi parte. Mi cuerpo merece amor. Y sí, duelen los comentarios de “esa persona está bien gorda” o “esta ropa me hace ver gordo” o “vamos a comer como gordos”, aun cuando no son dirigidos a mí, porque refuerzan lo que me toma mucha fortaleza derribar en mi cabeza. Que ser alguien gordo, que ser alguien como yo está mal.
Llevo poco describiéndome como persona gorda, no como algo despectivo, sino como algo que solo es. Y no me digan “no eres gorde, eres hermose”. Soy gorde y hermose. Lo que hubiera dado por escuchar esas palabras a los doce años.
Espero un día tener una relación buena con la comida después de tantos años de animosidad. También quiero tener una buena relación con mi cuerpo y con cualquier forma que desée tomar a través de los años. Se que sanar va a tomar tiempo, pero tambien sé que me amo lo suficiente para hacer esa labor.
Soy gorde, soy amade, soy hermose y me voy a comer unos tacos.